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EUROPA: ¿qué hacer con la inmigración?
Está lejos Europa de tener una sola voz sobre inmigración en los 28 países de la Unión. Peores se le ponen las cosas, tras las últimas elecciones del 25 M, con el auge de los partidos llamados eurófobos, euroescépticos o simplemente xenófobos y radicales. El reto es grande, pero los protagonistas actuales ¿serán los idóneos para levantarlo?
El Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE), en sus artículos 79 y 80, se plantea como objetivos en temas de inmigración establecer un enfoque equilibrado para abordar la migración legal y luchar contra la inmigración irregular. La gestión de los movimientos (la UE utiliza la palabra flujos, que nos parece estigmatizante y denigrante aplicada a las personas) migratorios exige garantizar un trato equitativo de los nacionales de terceros países que residan legalmente en los Estados miembros, mejorar las medidas de lucha contra la inmigración ilegal, y fomentar la cooperación con terceros países. La UE quiere desarrollar una política común de derechos y obligaciones de las personas inmigrantes que residan legalmente en su territorio, comparable al de los ciudadanos de la Unión. La ejecución de dichas políticas se regirá por el principio de solidaridad y el reparto equitativo de la responsabilidad entre los Estados miembros, también en el aspecto financiero. Tanto el Parlamento como el Consejo Europeos, podrán establecer medidas de apoyo y fomento de la acción de los Estados miembros para la integración de nacionales de terceros países.
La letra, a veces, suena bien, aunque en la práctica, las distancias son enormes entre lo que aguanta el papel y lo que no sólo cada administración estatal, sino incluso cada funcionario aplican sobre el terreno. El caso de España es muy elocuente al respecto, donde encontramos alcaldes, funcionarios de ayuntamientos, policías o personal sanitario a los que no se les antoja siquiera aplicar la ley española sobre derechos y libertades de los nacionales de terceros países, la conocida Ley de Extranjería.
Las transgresiones a los propios tratados de la UE por los Estados miembros son aún más llamativas, cuando primeros ministros o ministros de interior de los países toman decisiones que contradicen las propias normas de la UE, sin que asuman las consecuencias de sus actos ante la Unión. Por ejemplo la expulsión de rumanos y búlgaros de Francia, de Italia o de Alemania; la propia moratoria que se les impuso a búlgaros y rumanos, y aún después de vencer el plazo, se sigue teniendo la tentación de considerarlos como comunitarios de segunda clase; o poner fronteras dentro del propio espacio de la UE como lo pretendió Sarkozy, cuando la vigilancia de las fronteras se refiere expresamente a las fronteras exteriores. España e Italia, muchas veces, tienen que enfrentarse a solas con la llegada de barcazas llenas de personas a sus costas, o a la deriva por el mar, ante la pasividad y la desquiciante cachaza del resto de los miembros de la UE. Ni las 366 víctimas del naufragio en la isla de Lampedusa han podido conmover a una Europa institucional con el corazón aletargado y, sin embargo, muy diligente con la cabeza a la hora de explotar y esquilmar los países desde donde salen personas en busca de un trabajo digno, o cuando se trata de alimentar con armas guerras intestinas y fratricidas en esas latitudes cuyos cerebros se encuentran allende las fronteras africanas. Europa aplaza una y otra vez el debate sobre la inmigración, aunque sus fronteras exteriores no dejan de ensancharse hacia las costas africanas. Ahora ya veremos por cuánto tiempo, y bajo qué premisas se retoma el recurrente tema de inmigración.
Si antes el Parlamento Europeo (PE) no contaba con formaciones políticas xenófobas o euroescépticas, de extrema derecha y radicales, con capacidad real de influir sobre las decisiones comunitarias, y a pesar de ello no dábamos con sustos, ¿qué ocurrirá ahora que esas fuerzas representan nada más ni nada menos que más del 20% de la cámara de Estrasburgo?
Cuando se les escucha a los xenófobos y racistas europeos, uno tiene la sensación de que los africanos invadimos Europa, y nos alimentamos de la sopa boba “de nuestros ancestros galos o íberos[1]”; como si fuéramos parásitos alimentados por la generosidad desbordante de Europa. Uno echa de menos un discurso razonable, objetivo, coherente y mínimamente intelectual de esos exaltados nacionalistas. El bienestar de Europa se debe en parte muy considerable a las riquezas sacadas del continente africano, de las relaciones de intercambios perversamente asimétricas entre el mundo occidental y los países empobrecidos. África es el vertedero de Europa, con el consiguiente daño al medioambiente, y el envenenamiento del medio que da alimento y vida a millones de personas. Y cuando esas personas se asoman a las puertas de aquellos cuyos dirigentes y empresas están al origen, en gran parte, de su exilio, la respuesta es tan exacerbada como la realidad manipulada y ocultada a los propios ciudadanos europeos.
El último informe de la Comisión Europea (CE) de mayo de 2013 relativo al intercambio de productos agrícolas entre la UE y los países ACP (África, Caribe, Pacífico)[2] entre 2000 y 2012, da un saldo positivo de 4.000 millones de euros a favor de estos últimos. Europa importó productos frescos agrícolas, a muy buen precio, por un importe de 13.000 millones, y exportó 9.000 millones de productos elaborados para las cada vez crecientes clases medias ACP, a precios inasequibles para la inmensa mayoría de la población. Esto significa que los acuerdos en materia agrícola aseguran a precios muy competitivos productos tropicales y fuera de temporada para los consumidores europeos y su agro-industria.
Los partidos anti-Europa y racistas, como el Frente Nacional francés, quieren exaltar el nacionalismo, y expulsar a las personas inmigrantes del territorio galo. Los partidos tradicionales como el PPE Partido Popular Europeo) y el PSE (Partido Socialista Europeo) tampoco tienen un discurso alternativo fiable sobre inmigración. Me parece bien que cada país o región defienda y entienda su nacionalismo de la manera que desee; faltaría más. Ahora bien, la señora Le Pen y los que la apoyan en público o en privado, deberían optimizar al máximo los recursos de la República y de la Unión; ¿de qué manera? aprovechando el avión en el que expulsan a los africanos a su continente, y hacer volver en el mismo avión a sus compatriotas franceses y europeos que habitan las tierras africanas, en las mismas condiciones que los expulsados inmigrantes non grata africanos. A partir de ahí, redefinir las políticas de intercambios comerciales entre los países ACP y la UE, desde la justicia y la equidad. En este punto, los dirigentes africanos, muchas veces teledirigidos desde Occidente, deberían ser capaces de renunciar a sus intereses particulares y egocéntricos, para defender los intereses de sus compatriotas, los únicos a los que se deben. Pero parece demasiado utópica esta hipótesis.
La prueba, la tuvimos el pasado mes de marzo en la Embajada de Angola, cuando líderes de la Red de Asociaciones Africanas fueron citados para reunirse con el Grupo de Embajadores Africanos acreditados en España. El motivo de la reunión, los 15 jóvenes africanos muertos ahogados en la playa de El Tarajal en Ceuta. Fue una acogida bochornosa por parte de la Embajada de Angola, con su Embajador a la cabeza, y Decano del Grupo Africano, y una fría acogida por parte del resto de los diplomáticos. Esos 15 jóvenes africanos muertos no merecieron la más mínima consideración de sus representantes diplomáticos, ni la más mínima protesta de estos últimos ante el gobierno de España. Si lo han hecho en privado, no ha trascendido, y es como si no se hubiese hecho. Ser persona inmigrante africana en España, es sufrir un triple estigma: el estigma del racismo por parte de España, el estigma del clasismo por parte de los diplomáticos africanos, y el estigma de la indiferencia ante su sufrimiento por parte de ambos. La misma indiferencia intencionada que los políticos transmiten a la sociedad, y vuelve a colocar la inmigración dentro de las preocupaciones de los ciudadanos españoles. Lo mismo que denuncio esa indiferencia, ese racismo y clasismo casi institucionales, es de justicia salvar amplias capas de la sociedad española que no compran el discurso institucional, y apoyan y ayudan a muchas personas inmigrantes de origen africano.
Lo más llamativo de los embajadores africanos acreditados en Madrid, es que, con los cuerpos de los 15 jóvenes y dos más el mes pasado aún calientes, celebran en todo lo alto el Día de África el 25 de mayo. Y me pregunto, ¿y qué celebran? ¿El desamparo en el que mantienen a sus conciudadanos emigrados ante el gobierno y la sociedad española, o el triunfo del Real Madrid en la Champions League la noche anterior?
Todo el mundo se siente con derecho de disponer de los recursos naturales de África, y a pisar los derechos de los africanos dentro y fuera del continente, empezando por los propios dirigentes africanos, y terminando por los gobiernos europeos. Cuando España y Europa hablan de inmigración irregular, miran hacia África como si la irregularidad proviniera mayormente de ese continente. Es hora de que los dirigentes europeos se dejen de eufemismos y de despistes, para hablar claramente a la ciudadanía de su política de inmigración, sobre todo en relación a África subsahariana: “no queremos a las personas inmigrantes africanas porque vienen de países pobres, (quiero decir, empobrecidos); pero preferimos sus recursos y riquezas naturales y las cuentas bancarias de nuestros aliados, sus dirigentes, que manipulamos a nuestro antojo”.
Cuando se trataba de liberar a la Francia ocupada por los nazis, pusieron a la infantería en primera fila, cuyos soldados eran en su inmensa mayoría africanos. Murieron más africanos y americanos que franceses para que Francia pudiera recuperar el primer concepto de su lema: libertad. ¡Y los propios oficiales franceses, lejos del fuego enemigo, se atrevieron a llamarles tirailleurs! (que no dan a la diana). Cuando los xenófobos franceses hablan de Francia para los franceses, ¿de qué Francia hablan? ¿De la Francia de los Zarkozy, Zidane, Manuel Valls, Anne Hidalgo, Maloula, Jean-Marie Tigana, Yannick Noah, etc., o de la Francia de los generales Leclerc, Pétin, De Gaule…?
Europa se está convirtiendo en la sombra de lo que era, en gran parte por sus actuales dirigentes, que no saben qué hacer con la UE, y buscan chivos expiatorios para mantener sus estructuras de poder: si no es el déficit público o la prima de riesgo de los países del sur de Europa, es la inmigración que entra por el sur de Europa. Muchos son los africanos que siguen idealizando a Europa, aunque son cada vez más los africanos y las africanas que la miran tal cual es, con objetividad y en su contradictoria realidad. Europa, si no ha dejado de ser un referente, lo está dejando a pasos agigantados a nivel de bienestar social, y sobre todo moral, tanto en sus estructuras institucionales, religiosas, sociales, y mediáticas, salvando siempre a ese pequeño resto de europeos que no invalida esta observación.
Si una parte del mundo está en dificultad, tarde o temprano es el mundo entero el que sufrirá las consecuencias. Todos somos responsables, aunque en grados distintos, de la marcha de nuestro planeta, cuyo activo más preciado son las personas. Tildar de inmigrantes a unos y de ciudadanos a otros, es hacer una categorización cuyas consecuencias, tarde o temprano, padeceremos todos. Estamos aún a tiempo de corregir el rumbo y de volver a la sensatez.
Simon Nong
Presidente de África Activa ONG
Vicepresidente II del Foro Regional para la Inmigración de la Comunidad de Madrid
- “Nuestros ancestros galos” es la canción que el colono francés hacía cantar a todos los alumnos de los países africanos colonizados por Francia, en una política de barrido de las culturas africanas y la pura y dura asimilación de la cultura francesa. ↑
- ACP es un grupo de 79 países: 48 africanos, 16 del Caribe y 15 del Pacífico. Son los llamados Acuerdos de Cotonou. Es el mayor acuerdo comercial, favorable a la UE, que ésta tiene con países en vía de desarrollo. Es, además, el más elevado en volumen comercial que cualquier acuerdo comercial a nivel mundial. ↑